jueves, 27 de mayo de 2010



Creo que odio el tiempo. Sí, hoy creo que lo odio. Te odio tiempo porque me robas mis mañanas y mis noches azules. Me robas mis días. Me arrebatas la felicidad con solo mover tus agujas, con tu caminar, tiempo loco, egoísta, despiadado. Si cuando estoy con él te pido que transformes las horas en minutos o que te vayas a dormir, total no importa, él siempre se esta yendo. El corre como vos. Porque haces que esta niña crezca y se olvide de jugar, de pintar, de que existe un tesoro al final del arcoiris. Porque a veces con tu velocidad me dibujas un poco gris los sueños. Te odio tiempo porque no podes parar y los segundos, los minutos y las horas son parte de tu ser, invencible, invisible. Y tus horas, arquitectas de mis días me los inundan, esas horas que a veces ruego que no sean tan efímeras y otras veces solo quiero que las mates. Me arrebatas las flores, las musas de mis pasiones, tan chiquitas, inofensivas, milagritos de colores y aromas exóticos. Y tan rápido te llevas mi brisa fresca, al Sr. viento y me coloreas con acuarelas la nieve blanca y luego la quemas, de nuevo, sin piedad. Y la lluvia, ay mi lluvia! La que me susurra versos al oído, versos del mundo, de enamorados. Mi compañera de libros, mates, sonrisas, sinsabores y amores para recordar y otros para olvidar. Me la regalas y luego me la callas, la enmudeces, la secas y lloro. Y de a poco, disimuladamente, te irás llevando mi cuerpo y mi mente ya gastados de caminar. Pero no podrás con mi alma, creo que ellas te trascienden, estuvieron, están y estarán cuando vos ya no existas. Porque alguna vez fueron energía, fueron vida. Y cuando el cuerpo y la piel que la envuelve se hayan ido, ellas serán puras gotitas de rocío o los primeros rayitos de sol que nos regala la mañana…

martes, 25 de mayo de 2010


Tan inocente, tan pequeña, sólo quería regalarte una flor...


No te pasa a veces que no podes dejar de regalarle minutos a eso? eso que tampoco deja de dar vueltas en tu cabeza. Eso que casi nunca sabes que es, que aunque sea chiquito, duele. Y salís afuera y las luces de la calle, de la vida, de la soledad te obnubilan los ojos, y la gente se amontona, y querés salir, gritar, escaparte, desaparecer. Y personificas tus deseos en un cuerpo que no sabes si es él, si es ella. Si es real, de verdad o de algodón y espuma. El resultado de una necesidad tan obvia y natural. Un cuerpo al que le agregas, le pintas un corazón, un alma, unos labios que luego vas a desear besar, unas manos que vas a desear sujetar. Una piel y unos ojos que van a hacer que los tuyos se humedezcan, y lluevan lágrimas de sal, de desamor, de recuerdos, de perdón, de olvido. Y de repente no queres llegar, queres quedarte así, en el aire, en el cielo, contando mariposas, en tu mundo, no queres parar, tampoco queres volver. Porque solo en tus pensamientos se conectan, se encuentran, se pueden tocar y se olvidan de lo que fue, es o será. Disfrutar de los labios, de los cuerpos, de los sabores, de las mañanas, de las brisas de colores, y borrar el tiempo a veces desgarrador cuando te vas…