lunes, 4 de enero de 2010



No sabía que podía llegar a escribir de nuevo, pero escribo porque algunas cosas no son, no logran ser, no se funden en si mismas, no se encuentran, porque a veces el dolor es más fuerte. Hay un dolor que es el de no entender, el de no saber, el del completo silencio, el de la ausencia. Hay dolores en el pecho, que te cansan y no podes seguir caminando, y sube y sube. Un silencio ensordecedor que aplasta las caricias que no fueron pero las deseamos. Ella quería tocarle la cara, el pelo, su boca, cerrar los ojos y abrigarse en sus brazos, con su piel, para recordarlo y aprehenderlo, hacerlo de ella, pero se quedó vacía, seca. Quería hablarle con sus manos, su lenguaje, recorrerlo, conocerlos. Ay ay ay, que dificil, siempre se llora en el final. Fue sus días, sus horas, su camino, su bonita razón. Aprendió a amar la lluvia, la humedad y el aroma del viento. A veces cuando no hay estrellas se siente sola, era una inspiración que ya no tiene alas, se desangró, se desvaneció, la mato el destino, la vida, tomó otro tren, odiaba quererlo, odiaba no poder dejar de amarlo. Quería correr bien lejos para secarse las lágrimas con ese árbol, su árbol, se quedaba ahí esperando en vano, total nunca iba a venir. No le gustaban los relojes, siempre la apuraban, siempre se lo llevaban. Esta vez no le daría cuerda, iría caminando pateando el sol…

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¿a ver que me trae el viento?