sábado, 6 de febrero de 2010



Ay como te odio! Haces que te odio con todo mi ser, con mis huesos, con toda el alma rota. Te odio porque sos horriblemente especial. Te odio porque mi cabeza y mi corazón ya no me pertenecen, no me obedecen cuando les ordeno no pensarte. Son tuyos. Odio la forma en que me miras, con esos malignos ojos claros, pero tan dulces que no puedo descifrar, que me abruman, que me agobian, me paralizan sin dejarme ser yo. Soy una nena tonta. Me quitas la vida. Alteras mi paz. Desordenas mi cosmo, mi armonía tan aburrida y monótona. Me desarmas el cuerpo en pedazos como tu rompecabezas y luego me desvanezco en el aire. Te odio porque paso 100 años pensando en vos y solo un segundo te olvido. Y tengo esas ganas torturadoras, fracasadas de que seas mio. Y no te vayas, no te vayas más. Quiero que seas mi lluvia y me mojes el cuerpo, me hidrates el alma, me humedezcas, siempre, porque te odio. Y hace mucho tiempo que no me regalas una respuesta. Y mis palabras de hierro, fuertes, decididas, con vos son pluma, polvo, frágiles, se desarman y me matas. No puedo entender tu idioma porque no perteneces a mi mundo. Quiero interrumpirte cuando hables y morderte las palabras, los labios, así con locura, porque te odio. Desintoxicarme de ese sabor tuyo del que soy adicta, el que quedó en mi piel, ay! Tan fuerte. Me haces débil porque me quemas la carne y me emborrachas con tu sudor. Y tu tenue presencia me anula las ideas. Estas. No estas. Te vas. Venís. Deja de entrometerte en mis sueños alados, que con vos son pesadillas que en el fondo deseo tener todas las noches. Rompí la promesa de que no iba a pensarte más pero ayer viajando en colectivo, mirando por esa ventanilla tan grande, el cielo durmiendo ya, y esa canción de violines desconocidos, lo suficientemente triste para hacerme recordar. Vi gente de ojos extraños, vi calles y veredas sucias, caminadas de tristeza y me acordé que te odiaba por quererte tanto…

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¿a ver que me trae el viento?